jueves, 21 de julio de 2016

Quinientas libras al año

Gracias, Woolf: 


Durante todos estos siglos, las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble del natural. Sin este poder, la tierra sin duda seguiría siendo pantano y selva. Las glorias de todas nuestras guerras serían desconocidas. Todavía estaríamos grabando la silueta de ciervos en los restos de huesos de cordero y trocando pedernales por pieles de cordero o cualquier adorno sencillo que sedujera nuestro gusto poco sofisticado. Los Superhombres y Dedos del Destino nunca habrían existido. El Zar y el Káiser nunca hubieran llevado coronas o las hubieran perdido. Sea cual fuere su uso en las sociedades civilizadas, los espejos son imprescindibles para toda acción violenta o heroica. Por eso, tanto Napoleón como Mussolini insisten tan marcadamente en la inferioridad de las mujeres, ya que si ellas no fueran inferiores, ellos cesarían de agrandarse. Así queda en parte explicado que a menudo las mujeres sean imprescindibles a los hombres. Y también así se entiende mejor por qué a los hombres les intranquilizan tanto las críticas de las mujeres; por qué las mujeres no les pueden decir este libro es malo, este cuadro es flojo o lo que sea sin causar mucho más dolor y provocar mucha más cólera de los que causaría y provocaría un hombre que hiciera la misma crítica. Porque si ellas se ponen a decir la verdad, la imagen del espejo se encoge; la robustez del hombre ante la vida disminuye. ¿Cómo va a emitir juicios, civilizar indígenas, hacer leyes, escribir libros, vestirse de etiqueta y hacer discursos en los banquetes si a la hora del desayuno y de la cena no puede verse a sí mismo por lo menos de tamaño doble de lo que es? (pp. 50-51)

Y con esto creo que está todo dicho.

Esto y que hoy en día sigue siendo válido eso de necesitar ciertas libras al año y una habitación propia.


Portada de la Colección Austral Singular, preciosa


Entretenimiento: 5/5
Calidad literaria: 5/5 (y, creo, buena traducción de Laura Pujol).
Sabor de boca: 5/5



lunes, 11 de julio de 2016

El desorden que dejas

Primer libro del verano, típico libro de verano. Lo cogí, tengo que ser sincera, dos días antes del último examen catastrófico, y resultaba raro estar luchando con garras y dientes por trabajar en un instituto como profesora de lengua al mismo tiempo que abría un libro que comienza con el suicidio de una profesora de lengua y mensajes amenazantes a la sustituta. Nah, detalles sin importancia.


Cuando ya terminé los exámenes y me pude poner más a fondo, a mí el libro este no me llenaba. Sí, tenía un toque de humor, era entretenido, pero ni mucho menos estaba estupendamente escrito como me esperaba de un Premio Primavera en condiciones. Los personajes me parecían muy planos, la vida del instituto me recordaba demasiado a la de Física o Química... ¿He dicho Física o Química? Me puse a buscar quién era el autor, porque me tenía mosqueada su visión de los institutos, por muy gallegos que fueran y ¡oh!, sorpresa: un guionista de, entre otras cosas, esa serie.

Si ya iba con prejuicios, ahora iba a ser peor. Y eso que yo fui de las que se tragó las últimas temporadas de FoQ en la carrera como la que más, pero eso, sabiendo que era todo muy absurdo aunque entretenido.

Seguí con el libro. En un punto determinado, me dio la sensación de que sabía cómo iba a terminar (casi acierto, pero no), y cuando tengo esa sensación mientras estoy andando por la calle, sin leer, es que algo me ha enganchado. Ayer por la noche a eso de las doce y media decidí ponerme un ratillo hasta quedarme dormida. Craso error. De pronto, el libro escrito nada más que regular y con personajes planos me tenía atrapadísima. Me quedan doscientas cincuenta páginas, es la una y cuarto, cómo no voy a terminarlo. Vaya, son ya las dos y media, pero es que esto está a punto de resolverse. Bueno, por fin, son las cuatro menos veinte, pero por lo menos ya me quedo tranquila.

El que te quedes tranquila después de leer un libro no sé si es del todo una buena señal. A mí me gustan los finales abiertos, cabrearme con el autor para después amarlo por haberme dejado seguir imaginando libremente con sus criaturas. Pero en este caso, de verano, me dio tranquilidad saber cómo concluía todo.

¿Lo recomiendo? Sólo para esta época y para quien no tenga muchas ganas de pensar pero sí de picarse con un libro. Que nada más busque eso: entretenimiento, un poco de tensión, ligeros toques de humor y una escritura llana. No te va a dejar demasiado desorden en la cabeza.


Entretenimiento: 5/5
Calidad literaria: 2/5
Sabor de boca: 3/5



lunes, 4 de julio de 2016

Sobre lingüística democrática

A principios de este año decidí sacar de la biblioteca un libro que me llamó la atención cuando lo vi: Los dominios lingüísticos del español, de Moreno Cabrera. En la universidad me habían hablado de él como un buen lingüista con ideas un poco estrambóticas en algunos momentos (efectivamente, creo que lleva muy lejos sus consideraciones sobre el andaluz como lengua independiente). Después de la universidad, en el mundo de los másteres y las oposiciones volvió a salirme al paso alguna que otra vez, casi siempre para contradecir todo lo preestablecido por el academicismo y para poner en tela de juicio afirmaciones como aquella de que «el castellano fue un dialecto adoptado pacíficamente por los pueblos porque tenía un sistema fonológico sencillo» o para recalcar que en nuestra visión del lenguaje partimos del «grafocentrismo» y del «alfabetocentrismo».

Como he dicho en alguna entrada ya, todo aquel libro que te haga pensar para estar de acuerdo o en desacuerdo es ya de por sí un libro valioso. Y este que comento me sirvió para hacer algunas reflexiones y para empezar a cuestionarme parte de lo que había estudiado hasta el momento. De pronto tuve una visión clara, que no sé si me durará eternamente, pero que por el momento me parece clave: claro que la lengua es poder, eso ya lo sabemos, pero es que el estudio de la lengua en España ha estado marcado por el nacionalismo a unos niveles de los que no somos conscientes; y es más, casi que podría hablarse de una lingüística conservadora y totalitaria frente a una lingüística progresista y democrática. Me explico. Todos hemos estudiado que la lengua es como un ser vivo que nace, evoluciona, a veces se reproduce en dialectos que luego pasan a ser otras lenguas y, finalmente, mueren. El ejemplo paradigmático para pensar en esta evolución lo tenemos en el latín. Sin embargo, y aun sabiendo que fue por la propia evolución de la lengua en las clases no instruidas por lo que tenemos hoy en día nuestras lenguas romances, nos llevamos las manos a la cabeza por cualquier mínimo cambio. Y esto ocurre tanto en personas conservadorados como en  abiertamente progresistas en lo político, lo que lleva a pensar en que reproducimos un discurso interiorizado desde la escuela que nos vuelve clasistas y antidemócratas en la lengua. ¿Por qué va a ser mejor distinguir /s/ y /θ/ (s y z) que fundirlos? ¿Qué explicación lingüística hay para que en España parezcan más torpes quienes sesean y en Andalucía el estigma lo lleven quienes cecean? Ninguna. Absolutamente ninguna. La lengua no entiende de mejor y peor, esto solo una cuestión social en la que los poderosos imponen su norma para erigirse como portadores de la pureza lingüística frente a los pobres plebeyos que, si quieren ser algo en la vida, tendrán que imitarlos en sus modos de hablar.

¿Quiere esto decir que vayamos al caos? ¿Que despreciemos las convenciones y la ortografía? No. Esto solo quiere decir que habría que enseñar desde el instituto cómo funciona el lenguaje, qué factores intervienen en que se produzcan unos determinados usos, qué nos mueve a ser tan conservadores con él, qué hace que evolucione de unas determinadas maneras. Y mientras tanto, enseñemos la norma igual que se enseña la buena educación. La ortografía y un empleo de la gramática normativa son cartas de presentación al mundo, más allá de que sepamos que científicamente es más útil tratar la descripción que la prescripción. Dotar de estas herramientas a la gente, por manido que suene el tópico, la hará más libre, sí. Conseguirá que puedan desenvolverse con mayor libertad por el mundo porque van a ser consideradas personas con buena educación (ortográfica y gramatical) y, por lo tanto, con cierto nivel cultural. Al final todo es hablar de clases. De conseguir ascender. O de seguir dividiendo. Y mientras que no haya un cambio tajante y derivemos a unas normas ortográficas menos etimológicas y más fonológicas (cosa que hoy por hoy es impensable), hay que seguir trabajando la ortografía para que no nos juzguen como ignorantes e intentar equipararnos a los poderosos (triste, ¿eh?). La ortografía como rebelión y sumisión a un mismo tiempo.

No solo me preocupó la ortografía, sino también todos aquellos usos dialectales de palabras, los cambios analógicos que emplean los hablantes, la disputa sobre el género masculino/femenino y esa actitud tajante y alejada de lo social de la RAE, la fe ciega que muchos depositan en esta Asociación caduca (salvo honorables excepciones), los matices marcadamente políticos que se disfrazan de lingüísticos a la hora de nombrar nuestra lengua, etc.

Pero esto es como el machismo, lo tenemos tan interiorizado, es algo tan propio, que ni nos damos cuenta de que tenemos actitudes irracionalmente clasistas con el lenguaje. Un día entré en Twitter y vi que Fundéu publicó uno de sus valiosos infogramas en los que censuraba el uso de "onceava" para la copa de la Champions del Real Madrid. Me gustó: siempre me ha puesto de los nervios que se confundan partitivos con ordinales. Poco después, en el mismo Twitter, el fundador de Molino de Ideas (una web maravillosa que recomiendo a todo el mundo) escribía que si alguien le podía explicar por qué eso era censurable más allá de un «porque sí», «porque la RAE lo dice», como si la RAE tuviera en su poder las tablas de las leyes lingüísticas. Pensémoslo: primero, segundo, tercero, cuarto, quinto, sexto, séptimo, octavo, noveno, décimo, undécimo, duodécimo... y mitad, tercio, cuarto, quinto, sexto, séptimo, octavo, noveno, décimo, onceavo/undécimo, doceavo/duodécimo... Ha sido puramente una convención social, como todo en el lenguaje. Pero es que estos paradigmas son prácticamente exactos y sólo cambian desde el once, ¿cómo no van a hacerlo los hablantes así?



Pues bien, tirando de ese hilo volví a ver un libro que habían anunciado y que en su momento me llamó la atención, Anatomía de la lengua, de la gente de Molino de Ideas, especialmente de Elena Álvarez Mellado (@lirondos)  y que en ese momento ya estaba a puntito de salir. Lo reservé esperando encontrarme con algo divertido, instructivo y también comprometido, y acerté. Es un libro que se puede leer del tirón o por capítulos. En mi caso, como me pilló en pleno proceso final de las oposiciones, me leí unos cuantos capítulos antes del examen y otros cuantos después. Efectivamente, comienza con un alegato de «democracia lingüística» muy bien estructurado, explicado y razonado para todos los públicos. Trata los universales lingüísticos con ejemplos llamativos, entretenidos y curiosos que hacen que sea más fácil interiorizarlo si eres un lego y que te sacan una sonrisa si ya sabes de qué va la cosa. Habla de la vida de la lengua, de sus cambios y de su muerte. Es un libro de estos de regalar a todo el mundo y decirles: ¡¿VEIS POR QUÉ LO QUE HE ESTUDIADO ES TAN MARAVILLOSO?!

Os dejo aquí información, porque de verdad, merece muchísimo la pena.

El libro en Amazon.

Reseña en la página de la Fundéu. 


Entretenimiento: 5/5
Calidad literaria: 5/5
Sabor de boca: 5/5